Little Nemo en el País de los Sueños
Nemo acaba de dormirse cuando aparece un Oomp: el rey Morfeo de Slumberland lo invita a su palacio y le trae a Somnus, un poni de noche, manso y moteado. «No lo azotes ni lo hagas correr», le advierte. Pero un canguro verde lo reta a una carrera hasta Moontown; Somnus se desboca entre criaturas extrañas, tropieza con una estrella y Nemo cae, y cae, y cae… hasta que despierta en el suelo de su cuarto.
La cama tiembla y el suelo se abre: un guía con traje de arlequín viene a llevar a Nemo hasta el rey. El camino cruza un bosque de setas enormes. «No toques ninguna, son muy delicadas». Cansado, Nemo se apoya en una, y el bosque entero se viene abajo como fichas de dominó. Despierta a gritos, y su papá lo calma.
Un payaso dormilón tiene una idea: ¡zancos! Con ellos, Nemo llegará antes a Slumberland. Sube y sube, por encima de los árboles, entre pájaros de patas larguísimas que lo rodean con curiosidad. Las patas y los zancos se enredan, Nemo se tambalea y cae… y despierta junto a su cama, con mamá prometiendo que se acabaron las tortitas antes de dormir.
Una voz llama a Nemo y el cuarto se inunda: la cama navega como un barco hasta mar abierto. Nemo aún no sabe nadar, así que se aferra a una ballena y bucea entre peces asombrosos. Al final llega ante el Magoozla, que lo agarra para llevarlo a una gran recepción en el palacio, donde lo esperan las princesas. Nemo grita tanto que despierta a su mamá: «Te dije que no comieras pastel de arándanos antes de dormir».
Un hada de alas transparentes invita a Nemo a cruzar un puente encantado, alfombrado de óvalos de colores y sostenido por miles de servidores del rey Morfeo. «Camina derecho, no te detengas». Nemo avanza decidido, pero un mono travieso salta al puente, las piezas se separan y todo empieza a tambalearse. Nemo llama a sus papás y despierta a salvo.
Nemo llega a una ciudad donde todo es de cristal, y conoce a la pequeña reina Crystalette, frágil como el vidrio. Le advierten que no la toque, pero ella le ofrece la mano para enseñarle su reino. Al rozarla, el palacio entero se deshace en una lluvia de pedacitos brillantes. Nemo despierta en su cama, con el eco del cristal todavía en los oídos.
Winsor McCay, 1905. Las seis primeras páginas dominicales, del Internet Archive. Dominio público; resúmenes en español escritos para Zeitzung.